¿Escuchás cómo el niño dentro de vos a veces llora, amigo?

¿Sabés cuánto desea tu atención, cuánto quiere que jueguen juntos como en los viejos tiempos, cuando todavía eras un niño?

Ese niño —tu niño interior— vive dentro de cada uno de nosotros. Quiere que lo recordemos хотя sea por un momento, en medio del ritmo acelerado de la vida. Quiere volver a descubrir el mundo, como lo hacía antes, y alcanzar nuevos horizontes.

Tal vez hace tiempo te olvidaste de él… así como quizás olvidaste tus sueños y deseos de infancia.

Ese niño sos vos. Es esa chispa que todavía te impulsa a buscar, a explorar, a mirar la vida con curiosidad… aunque ahora lo hagas desde la lógica del adulto, sin darte cuenta de que la verdadera magia no está en alcanzar metas, sino en el proceso de soñar, desear y crear.

¿Cuántas veces alcanzaste algo que querías… y al final ni siquiera era lo que realmente deseabas?

Un amigo decía que si un sueño no se cumple, queda como una ilusión. Y no está mal: las ilusiones también nacen de nuestras emociones, despiertas o dormidas.

Pero el niño… es otra cosa.

El niño tiene una sola misión: jugar. Quiere divertirse, explorar, hacer reír a los demás.

¿No eras así vos también?

Recordá cómo hacías todo lo posible por seguir jugando, por no quedarte afuera.

Quizás hoy pensás que ese comportamiento no encaja con ser adulto. Pero hay una verdad simple:
la vida es un juego, un escenario donde todos interpretamos distintos roles.

Sin embargo, te olvidaste de ese espíritu libre. Ahora todo es serio, todo es responsabilidad, objetivos, planes…

Mientras tanto, ese niño interior quiere que lo mires, que juegues con él, que lo abraces y le digas que lo querés. Porque él sigue creyendo en la magia, en los milagros, en lo imposible.

Vos creciste. Vos “sabés más”. Ya no creés en esas cosas.

El problema es cuando dejás de creer en todo.

Porque la confianza no se compra. Se construye.

Y ese niño confía más que vos. Cree en cuentos, en fantasía… aunque ese mundo parezca no tener lugar en la vida adulta.

El niño tiene intuición. Sabe qué está bien y qué no, sin pensarlo demasiado.

Vos, en cambio, confiás más en la mente… y tal vez ya ni recordás cuándo fue la última vez que escuchaste tu intuición.

El niño sigue su brújula interna. Cambia de dirección, explora, se sorprende.

Vos evitás lo desconocido. Preferís la rutina.

Pero ese niño sigue ahí. Solo. Esperando.

No entiende por qué ya no tenés tiempo para él. No entiende por qué lo olvidaste mientras seguías “tu plan de vida”.

Y sin embargo, él es parte de tu vida. Es tu pasado. Y muchas veces renegamos de nuestro pasado… en lugar de reconocer que es lo que nos formó.

Ese niño se siente rechazado.

Pero todavía cree que vas a volver a escucharlo.

Hablale. Cuidalo. Prestale atención.

Y vas a ver cómo se abren nuevos caminos.

Vas a volver a creer en cosas simples, en pequeñas maravillas que hacen la vida más liviana, más mágica… sin tanto esfuerzo, sin tanta presión.

Alegría. Amor. Sueños.
Todo eso puede volver… si le das espacio a ese niño.

Decime… ¿hace cuánto no llorás?

Dicen que los hombres no lloran. Algunas mujeres tampoco.

Entonces… ¿por qué no dejar que llore ese niño interior?

Tal vez él pueda ayudarte a entender lo que perdiste mientras lo ignorabas.

Tal vez sea el momento de cambiar.

De darle una nueva oportunidad… para darte una nueva oportunidad a vos mismo.

Hacé las paces con tu niño interior.
Secá sus lágrimas… o dejalas caer.

Porque cuando volvés a jugar con él, empezás a ver el mundo distinto.

Dejás de luchar tanto… y empezás a confiar más.

Hay lugar para todos en este mundo.

Dejá salir a ese niño.

Y mirá cómo cambia tu vida.

Silenciá ese llanto interior… porque ese niño, en cuanto vuelva a jugar, va a olvidarse de por qué lloraba.

Y va a volver a hacer lo que mejor sabe hacer:
vivir, imaginar y creer.

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